2002 Jornada Mundial
de la Vida Consagrada


La vida consagrada es una vocación, un llamado de Dios para que una persona conforme su vida a la de Jesucristo, viviendo igual que él en pobreza, castidad y obediencia, dedicado a Dios para servir la Iglesia y para la salvación del mundo. Dentro de esa descripción general, hay muchas variaciones de cómo esa misión se lleva a cabo exactamente en la realidad individual y comunitaria.

La forma de vida consagrada más conocida, y prototipo de todas las demás, es la vida religiosa. En esa vida hombres y mujeres hacen votos públicos de pobreza, castidad y obediencia, viven en comunidad y comparten el mismo apostolado.

Las mujeres constituyen el mayor número de personas religiosas y se les llama hermana, madre o sor. Entre los hombres, hay sacerdotes y hermanos. Ya sean ordenados o no, los hermanos y sacerdotes religiosos (o sacerdotes de las "órdenes", como se les llama algunas veces) son también religiosos.

Dentro de la vida religiosa, hay dos estilos generales de vida: activa o apostólica y contemplativa. Aunque todos los religiosos practican la oración como su deber primario y principal, los institutos apostólicos participan en el trabajo de la Iglesia educación, cuidado de la salud, servicio a los pobres, asistencia social de varias clases en parroquias, diócesis y otras organizaciones eclesiales. Los religiosos contemplativos, sin embargo, dedican la mayor parte de su día a la oración, se separan del mundo para ofrecer sus oraciones y sacrificios por las necesidades de la Iglesia y del mundo. Combinan la oración con los trabajos manuales de varias clases, a veces agricultura, artesanía, o trabajos de ese tipo. A las mujeres contemplativas se les llama monjas, y a los hombres contemplativos monjes.

Además de la vida religiosa, hay otros dos tipos que frecuentemente se confunden por vida religiosa: institutos seculares y sociedades de vida apostólica. Cada tipo de instituto adopta algunos aspectos de los componentes de la vida religiosa, aunque no practican otros.

Los institutos seculares tienen en común con los institutos religiosos el seguimiento de Jesús mediante la profesión de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia. Los miembros de institutos seculares, se diferencian de los religiosos porque estos hacen votos públicos pero los primeros pueden hacer votos, pero lo más probable es que hagan promesas u otra forma de compromiso. Al igual que los religiosos, sin embargo, hacen esas promesas temporalmente durante su formación y luego hacen un compromiso permanente.

En una manera distinta a los religiosos, miembros de institutos seculares regularmente no viven juntos ni comparten el mismo apostolado, aunque algunos sí, pero buscan más bien consagrar el mundo secular en el que viven y trabajan. Los sacerdotes que se convierten en miembros de institutos seculares usualmente se mantienen encardenados en la diócesis en que viven.

El otro grupo de institutos que son como los institutos religiosos y frecuentemente se confunden con ellos, son las sociedades de vida apostólica. Entre las sociedades de vida apostólica bien conocidas en Estados Unidos están las Hermanas de la Caridad, Maryknoll, sulpicianos y vicentinos. Aunque técnicamente no son parte de la vida consagrada, las sociedades de la vida apostólica comparten con los institutos religiosos algunos aspectos de su vida. Algunos, por ejemplo, viven en comunidad, otros hacen sus votos anualmente.

Además de estos tres tipos de institutos, hay también algunas personas que se han consagrado individualmente a servir a Dios siguiendo los tres consejos evangélicos. Estos incluyen las vírgenes consagradas y los eremitas (o anacoretas). Las vírgenes consagradas, que se comprometen a seguir a Cristo muy de cerca y a servir la Iglesia, son consagradas por el obispo diocesano. Trabajan en el mundo secular igual que antes de ser consagradas, buscando, de manera similar a los miembros de institutos seculares, la santificación del mundo desde dentro. Los eremitas profesan los consejos evangélicos con votos u otro tipo de compromiso ante el obispo diocesano, pero a diferencia de las vírgenes consagradas, ellas se separan del mundo y se dedican al silencio de la soledad, la oración y la penitencia de una manera parecida a la de las religiosas contemplativas.




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